Las dobles vertientes

Recapitulando:

He perdonado y, a veces, no he perdonado.

Me han perdonado y no me han perdonado.

He amado y no he amado.

Me han amado y no me han amado.

Me han odiado. Me han odiado mucho.

He odiado. He bebido hasta el mercurio de los termómetros para dejar de odiar o, como mínimo, procurarlo.

He abofeteado y me he sentido abofeteado.

He delinquido. (No hay por qué tomarme en serio.)

He engordado. Y mucho.

He perdido pelo. Me compraré levadura de cerveza.

He sufrido, pero también he disfrutado.

He vivido. Repito: HE VIVIDO.

Aún quedan muchos frascos de tinta, muchachos.

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Segundo asalto

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Ya no quedan más balas en este cartucho. El hedor a pólvora es el único vestigio de ese último dardo metálico que acaba de abandonar su refugio.

Mis disparos han sido certeros, pero la metralla ha dejado su rúbrica mi cuerpo. Las cicatrices dejarán una marca imborrable, serán una permanente alusión a esta contienda.

Los profundos surcos que decorarán mi piel, lejos de hacerme desertar en cuanto sea posible, me alentarán a combatir con más vigor.

El honor sólo está reservado a los que queman todas sus balas.

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Frío

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Ya es verano, dicen.

Sin embargo, mi corazón late atrapado en un interminable invierno de calles estrechas, y no para de ponerse enfermo.

A menudo, él mismo es el culpable de sus males. Su tozudez hace caso omiso de quienes le aconsejan que se abrigue antes de salir a la calle, y se pone febril.

En algunas ocasiones, en un alarde de sensatez, se pertrecha debidamente,y consigue ver el Sol.

Otras veces, tal vez las que menos, el frío es penetrante, y no hay protección que pueda plantarle cara.

Mi corazón anhela el verano. Es sólo un recuerdo, cada vez más borroso, de una época mejor.

Algún día llegará el verano…

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Desmontando a “The Kinks”

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Hoy, es decir, cuando estaba escribiendo esta incalificable sucesión de sandeces, me encuentro desvelado a altas horas de la madrugada, y me ha dado por escuchar el recopilatorio que tengo de los Kinks. Haciendo una pausa en mi sesión de observación celestial en total simbiosis con la música, se me ha antojado coger la caja del disco en cuestión y perder unos minutos de incalculable valor, que podría dedicar a emprender una estrategia brillante y genial para sacar a este país del pozo, en analizar la composición de la instantánea. Nada de hacer estimaciones acerca del ISO utilizado en la misma, si fue realizada con filtro polarizador o si las condiciones meteorológicas eran las adecuadas. No, simplemente me he limitado a observar las caras de los protagonistas. Y aquí comienza mi recreación:

Los Kinks, en la primavera del 67, en pleno cénit tanto de su carrera como del LSD, decidieron que ya eran lo suficientemente importantes dentro del mundo de la música como para permitirse el lujo de pegarse el gustazo de hacerse un “book” de fotos para su siguiente álbum, pongamos que por iniciativa del vocalista. Tras contratar a un fotógrafo con cierto caché, tuvieron a bien elegir como localización de las fotos el rancho que el tío del batería tenía en Essex. A la cita todos acudieron hechos un pincel, e incluso uno de ellos se compró un jerséi azul celeste de cachemir que le había costado un ojo de la cara. Se hicieron muchas fotos. Muchísimas, me atrevería a decir. Y sólo cogieron una, porque un disco sólo tiene una portada.

Podrían haber acordado coger una en la que todos salieran decentemente, pero no fue así. Bien es cierto que tres de ellos salen muy guapetes, y que presentando esa imagen se podrían camelar a cualquier chiquilla hermosa. Pero hay uno de ellos, sobra decir cuál, al que le salió mal la jugada, y que, más que un rockero, parece un tarado resacoso a quien le tienen que tocar el hombro para que se entere de que le están haciendo una foto. Evidentemente, el zagal se pilló un rebote con sus amigos (en ese momento no creo que los definiera así) de aquí te espero. Pero un día, aún afligido por el perjuicio mediático que le supondría tan desafortunada pose, el muchacho pensó: “Qué diablos, ¡si lo que importa en un disco es la música!”. Y sacaron más discos, y tuvieron más discusiones y bebieron más Guinness.

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Enfadados con el mundo

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Salamanca amaneció con el cielo encapotado, una buena dosis de viento huracanado/apocalíptico y una pertinaz lluvia, como es costumbre de un tiempo a esta parte. Esta afirmación no la puede confirmar el que aquí os ofrece estas líneas, ya que un servidor fue uno de esos desertores que al mediodía aún estaban dominados por el quinto sueño, pero es muy probable que así fuera.

Sin embargo, llegó un momento en que desperté de mi letargo, y mi cama y yo seguimos caminos diferentes. Comí, aunque a duras penas, y regresé a mi humilde morada. Mi planteamiento para esta tarde no era otro que dejar pasar las horas de este día de perros, pero mis deseos se vieron truncados cuando mi subconsciente me recordó que tenía un recado que hacer. Por lo tanto, me pegué una ducha, todo hay que decirlo, bastante reparadora, y emprendí mi camino.

Y ahora viene el acontecimiento que da sentido al título de esta parrafada intrascendente. Cuando estaba cruzando la acera que separa mi Colegio Mayor de la Facultad (ese era el destino) vi que un coche rojo se avecinaba a considerable velocidad. Al observar que no existía ningún atisbo de que tuviera intención de reducir la marcha, yo, en un alarde de prudencia, decidí que era preferible dejar al Fittipaldi de turno batir su marca personal a perder mis piernas. El valiente conductor, muy generosamente, me apuñaló con su mirada, revelándome que no quería ser amigo mío. Una lástima.

Desconozco las razones que le llevaron a condensar tanto desprecio sobre mí en tan pocos segundos, aunque no se descarta que sea este maldito clima, que le crispa mucho el ánimo a uno. A él, y a la gente como él, les dedico esta canción, a ver si así se les pasa su hostilidad hacia la vida:

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Cuando Jarvis creyó ser Joe

De esta guisa se prodigó Pulp, en su vuelta a los escenarios,por el faraónico Festival de Música de Coachella. Una imponente puesta en escena, con el encendido de cada una de las cuatro letras que componen el nombre de la formación británica, y algo que falla. Y no es que la iluminación esté mal adaptada o que algún micro se resista a funcionar:se escuha una desconocida voz, por momentos entrecortada, y que se vuelve un caos en los falsetes. Resulta ser “el nuevo” registro  del amigo Jarvis Cocker.

No sé si es que la “farra” que se pegaron la noche anterior les pasó más factura de la que pensaban o si en California sopla mucho el viento, pero la realidad es que lo que el público se encontró fue con esta deficiencia imperdonable. Más que el cantante de Pulp al que estamos acostumbrados parecía el otro Cocker que vende discos.

Tampoco vayamos a dramatizar -con el paso de los minutos se fue entonando- pero la primera impresión que dio fue bastante paupérrima. Esperemos que para cuando desembarquen en nuestro país, dentro de escasos quince días, en el Festival SOS 4.8 de Murcia (al cual tendré la fortuna de asistir) el público pueda contemplar al Pulp que todos conocemos.

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“Atento, llegó el momento, me presento…”

Como os imaginaréis al observar el título de este artículo, aparte de parafrasear a un inefable personaje de la subcultura popular patria, vuestros ojos están ante mi primera aportación en un blog. Antes de nada, permitidme que os tutee, ya que aborrezco las formalidades absurdas y estoy teniendo la gentileza de compartir una porción de mi intimidad con vosotros (aunque, qué diablos, ni que mi vida encerrara inconfesables secretos…).

Este rincón está dedicado a volcar todos los desvaríos, reflexiones y demás parafernalia, que se pasean, errantes, por mi cabeza. Por fin, estas ideas tienen un destino, por muy triviales que sean. Ese es el único pretexto.

Sed bienvenidos. Pasad y servíos vosotros mismos.

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